parlamentarismo

Un alegato contra el parlamentarismo

Desde los albores del movimiento obrero y revolucionario, desde el mismo nacimiento de la ideología anarquista, sus detractores (e irónicamente muchos de sus simpatizantes)  han catalogado al anarquismo como una amalgama de posturas “antipolíticas” o “apolíticas”. La realidad apremiante es otra muy distinta, pues no existe –ni ha existido nunca- el “apoliticismo” anarquista.

El anarquismo, los anarquistas, no son antipolíticos, sino más bien todo lo contrario: esencialmente políticos. ¿Cuál es el problema que aquí radica? Que al concepto “política” se le ha dado una significación general compartida por todos los partidos políticos, esto es, la acción parlamentaria. Y es contra ésta significación general que el anarquismo debe rebelarse, pues la verdadera y única política viable para la clase trabajadora es la establecida en la calle, en sus asambleas o en sus centros de trabajo, puesto que el Parlamento es otro obstáculo más para las pretensiones de libertad de la clase obrera. Somos antipolíticos porque rechazamos la acción parlamentaria, y todo lo relacionado con el parlamentarismo, y precisamente la rechazamos porque consideramos que la única y verdadera política que nos puede servir es la realizada fuera de las instituciones del régimen capitalista.

Toda acción, todo suceso que determine –o intente- el desarrollo de la vida social, incluso cuando se desarrolla en lo meramente económico, es ineludiblemente una acción política. La acción parlamentaria, tan defendida por ciertos partidos de la llamada izquierda moderada como herramienta prima de las “clases populares” para hacerse valer frente a la “mafia”, es evidentemente un tipo de acción política, pero debemos decir que es la más débil, ineficiente e insignificante para la causa proletaria. No debemos aceptar la acción parlamentaria como método de lucha puesto que esta actividad política solo pude hacerse bajo el marco y limite que establezca la propia clase burguesa, siendo la actividad parlamentaria un vocero únicamente de propuestas “cívicas” y “democráticas” que no hacen más que frenar las energías revolucionarias que pudieran tener los obreros que, ingenuamente, confiaron en tal o cual partido que les dijo: Votadnos a nosotros, que llevaremos al Parlamento las voces de la gente. Una triste historia que se repite incesantemente, y que todos conocemos su final.

Y es de rigor decir que ese “antipoliticismo”, entendido éste como oposición al parlamentarismo, no es invención única del movimiento anarquista, desde los socialistas utópicos como Robert Owen hasta socialistas científicos como Karl Marx, advertían de la inoperancia de la actividad parlamentaria como herramienta de lucha. El 10 de agosto de 1869, Marx envió una carta a su compañero Engels hablando sobre la presencia socialdemócrata en el Reichstag en la que decía:

Porque el Reichstag sólo puede utilizarse como medio de agitación, y en cambio, no se puede agitar en él en pro de algo razonable y directamente relativo a los intereses de los trabajadores.

Si Marx nos dice que no se puede usar el Parlamento “en pro de lago razonable” para la clase obrera ¿para qué sirve entonces el Parlamento y las acciones dentro de éste?

El parlamentarismo, la acción parlamentaria de los partidos políticos –sean del color que sean- se reduce a la charlatanería partidista y egocéntrica, sin otro interés más que el propio, y es por ello que embaucan a la clase obrera con las delicias del sacrosanto derecho al voto, para que puedan seguir en las poltronas como buenos politicastros “luchando” por sus intereses personales. Así pues, cabe decir de nuevo, que los anarquistas, y todo revolucionario que se precie, somos antiparlamentarios, pero políticos en el sentido más positivo de la palabra.

Desde el año 2011, tras la irrupción del movimiento de indignados en las plazas de las ciudades más importantes de todo el Estado español, se fueron conformando partidos y organizaciones políticas de izquierda, que se presentaron a la ciudadanía como los portavoces de la gente y que solamente ellos podían canalizar la indignación latente en esta piel de toro que habitamos para llevarla a buen puerto, esto es, la victoria en unas elecciones generales que habría de solucionar los problemas de la población. ¿Pero que son realmente estos partidos de la izquierda del cambio? Son organizaciones políticas que nacen, principalmente, de la propia inoperancia del movimiento revolucionario en general, pues éste, al no haber sabido (o querido) compenetrar con las masas indignadas, dejaron vía libre a esa pequeña burguesía y aristocracia obrera, generalmente de corte universitario y pseudointelectual, para que pastorearan con total libertad a un movimiento sin rumbo fijo y repleto de peticiones y eslóganes caóticos que no se traducían por si solos en nada concreto. Estos partidos se crearon alrededor de una serie de lidercillos venidos a más por el clamor de la gente y se subieron a un pedestal del cual no han bajado a base de discursos vacíos que duran mucho pero dicen muy poco. Pero la vida de estos partidos de corte populista tiene siempre una vida muy corta, puesto que al basar su firmeza en proclamas grandilocuentes y vacías, así como en lo puramente estético, en cuanto la crisis económica disminuye, van perdiendo fuelle. O en el mejor de los casos, si la crisis se agrava, la clase trabajadora que confió en dichos partidos, acabará huyendo de ellos puesto que verán como su falta de izquierdismo y moral obrera los enroscan cada vez más y más en la vida cotidiana de esos otros partidos políticos que han denominado como la mafia.

Como anarquistas, como revolucionarios de humanos sentimientos, una de nuestras tareas más ineludibles –y más arduas- es decirle a la clase trabajadora que deben abandonar cuanto antes a los llamados “partidos de izquierdas” que actúan en los parlamentos, pues su izquierdismo es insípido y totalmente superficial, y la acción parlamentaria nunca podrá traer nada objetivamente positivo para las masas que soportan el peso de la explotación y el abuso de la patronal.

No somos de ninguna manera partidarios de la indiferencia política, como se nos atribuye falsamente. Pero, al contrario de los marxistas, somos políticos negativos, puesto que no tenemos por objetivo la conquista, sino la destrucción de todo poder político. – James Guillaume (1872)

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