El Poder en los anarquistas

Desde hace más de un siglo la teoría (y la práctica) anarquista nos han mostrado cómo aquello que denominamos “Poder” y el anarquismo han sido conceptos irreconciliables, al menos a priori. La ideología ácrata se postula alrededor de unas ideas que rechazan cualquier tipo de imposición, autoridad o violencia que atente contra la libertad, lo cual puede sintetizarse en aquella famosa cita de Mijaíl Bakunin que decía lo de ejercer el poder corrompe, someterse al poder degrada. Pero ¿qué entendemos cuando hablamos de Poder? ¿Es algo consustancial a una casta o clase privilegiada que habrá necesariamente de oprimir al resto de sociedad o podría ser realmente una posición (dominante) necesaria para la emancipación de la clase trabajadora? ¿Es la dictadura del proletariado un eufemismo para el establecimiento de una tiranía contra el pueblo o es realmente un concepto que no atenta contra el ideal anarquista y que por tanto la crítica debe ir destinada a una posible dictadura del Partido? Esta seria de cuestiones podemos verlas en la propia evolución ideológica de Bakunin, pues después de decir aquello de que el poder corrompe aseguró que el establecimiento del anarquismo sería la consecución de la dictadura sin banda, sin título, sin derecho oficial, y tanto más poderosa porque no tendrá ninguna de las apariencias del poder. Vemos, pues, a través del autor más célebre del anarquismo internacional cómo no queda realmente claro si el llamado Poder o Dictadura proletaria está realmente en contradicción con la ideología anarquista.

La Historia es la mejor de las ciencias, y es en la historia del movimiento anarquista hispano en la que vamos a fijarnos con tal de analizar, grosso modo, cómo el rechazo al Poder, en tanto que axioma básico del anarquismo, pudo suponer un problema para el buen devenir de la Revolución Social iniciada el 19 de julio de 1936. El espíritu antiautoritario de la CNT-FAI fue tal, que provocó que sus líderes hicieran concesiones que luego la República supo utilizar de buena forma para liquidar al movimiento revolucionario. Así lo explica Salvador Cánovas Cervantes:

Los dirigentes responsables de la CNT de esa época estaban tan seguros de su poder, la confianza en ellos mismos era tan grande, que llevaron su generosidad hasta el extremo. Consintieron que la Revolución, que la CNT había impulsado y liderado y que sólo ella podía continuar, fuese gestionada por nuevas instituciones en la que ella estaba en minoría. Justificaban así su comportamiento: “Esta vez no podrán decir que el pez grande se come al chico”. En la realidad política esta frase ingenua se convirtió en un arma que los políticos hicieron servir para neutralizar a los hombres de la CNT y dar un golpe de gracia a la Revolución española.

La historia del 19 de julio de 1936 nos muestra que de un día para otro Cataluña entera estaba en manos de la CNT-FAI. Parecía sencillo, el movimiento anarquista tan solo tenía que tomar el poder; y si hubiese decidido destruir el aparato estatal burgués, seguramente hubiéramos estado en una situación más favorable para el triunfo de la Revolución. El resto es historia.

Ante la negativa de la cúpula de CNT-FAI de imponer una “dictadura anarquista” se sucedieron unas reuniones en la Generalitat que acabarían con la creación del llamado Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña, el cual agruparía a las más importantes organizaciones políticas para coordinar la lucha contra el alzamiento militar. Fue ante la creación de ese Comité cuando se produjeron las famosas palabras de Companys a la delegación de la CNT-FAI:

Hoy sois los dueños de la ciudad y de Cataluña porque sólo vosotros habéis vencido a los militares fascistas, y espero que no os sabrá mal que en este momento os recuerde que no os ha faltado la ayuda de los pocos o muchos hombres leales de mi partido y de los guardias y mozos de escuadra […] Habéis vencido y todo está en vuestro poder; si no me necesitáis o no me queréis como presidente de Cataluña, decídmelo ahora, que yo pasaré a ser un soldado más en la lucha contra el fascismo. Si, por el contrario, creéis que en este puesto, que sólo muerto hubiese dejado ante el fascismo triunfante, puedo, con los hombres de mi partido, mi nombre y mi prestigio, ser útil en esta lucha, que si bien termina hoy en la ciudad, no sabemos cuándo y cómo terminará en el resto de España, podéis contar conmigo y con mi lealtad de hombre y de político (…)

Estas famosas palabras de Companys fueron exactamente las mismas que ya le dijo a García Oliver en 1931 cuando éste hizo un llamamiento a empezar la Revolución en ese mismo año. Por tanto, se trataba de una estrategia política para evitar “ir a por el todo” y que el proceso revolucionario libertario pusiera fin a los vestigios de la República burguesa. Mientras Companys ablandaba los corazones de aquella delegación cenetista, en otra habitación contigua esperaban impacientes el resto de representantes políticos la victoria de su President. Aun creado de forma consensuada el Comité de Milicias Antifascistas, el ambiente que se respiraba dentro de él no era precisamente armonioso. Un ejemplo: Jaume Miravitlles, político prominente de ERC en aquella época escribió un artículo en el que comparaba a la FAI con los franquistas. Durruti leyó el artículo y lo tuvo en mente cada día hasta que en una reunión del Comité cogió por los hombros a Miravitlles y le dijo: Así que usted es Miravitlles. ¡Vaya con cuidado! ¡No juegue con fuego! Le podría costar caro.

Y así es como se desenvolvió la vida política dentro del Comité, entre tensiones, amenazas y desconfianza. Y no era para menos pues, aun aceptando carteras ministeriales, poco a poco la plana mayor del anarcosindicalismo se fue dando cuenta de que el Comité de Milicias Antifascistas no era más que un aparato administrativo burgués. Un mecanismo que para lo único que podía servir era socavar la Revolución social, tan ansiada y buscada desde hacía décadas.

El devenir de la organización confederal, al menos su parte directiva, mostró la incomprensión de la Revolución que se sustrae del antiautoritarismo. Ese viejo axioma anarquista que se enrosca, de forma abstracta, contra “toda dictadura” supuso la conciliación y el arrodillamiento de nuestro movimiento al Estado burgués (como ejemplo gráfico tenemos la famosa y bochornosa imagen de Joan García Oliver animando por radio a los anarquistas a “abrazar al Guardia de Asalto” durante la matanza de anarquistas y revolucionarios durante las sangrientas jornadas de mayo de 1937 a la vez que hacía un llamamiento a la calma y el fin de la guerra interna). Si esa cúpula hubiera sido revolucionaria de verdad, en vez de aceptar un gobierno democrático en pos de la Unidad Antifascista para no establecer una dictadura anarquista habría promovido la formación de soviets y consejos donde estuvieran representados los obreros y los campesinos; motivando así aún mayor conciencia revolucionaria en las masas, lo cual hubiera acelerado la destrucción del aparato estatal burgués. Pero ocurrió todo lo contrario: con el ideal antiautoritario por bandera, los sindicatos, poco a poco, se fueron convirtiendo en bunkers del “pragmatismo”. Convirtieron a la generación más revolucionaria de la Historia en la quinta rueda de la democracia burguesa. Y al año siguiente, entre el gobierno republicano y el PCE/PSUC nos eliminaron política y físicamente, porque nadie necesita una quinta rueda en su coche. La jugada fue redonda: nos convencieron de que había que formar un gobierno de unidad antifascista; en pos del antiautoritarismo lo justificamos porque somos enemigos de toda dictadura; amansaron con esta triquiñuela a las masas revolucionarias, y cuando ya habíamos hecho ese trabajo, nos tiraron al basurero de la Historia.

León Trotsky se pronunció sobre el papel del movimiento anarquista en la Revolución Social de 1936 y sus palabras son dolorosamente ciertas:

(…) ¡Y se justificaban así!: “No hemos tomado el poder, no porque no pudiésemos hacerlo, sino porque estamos en contra de toda dictadura”. (…) Quien renuncia a la conquista del poder político se lo otorga a los que lo han tenido siempre, es decir, a los explotadores. La esencia de cualquier revolución consiste, y ha consistido siempre, en instalar en el poder a una nueva clase y permitir que esta nueva clase desarrolle su programa. Es imposible instigar a las masas a la revolución sin prepararlas para tomar el poder. Después de tomar el poder, nadie podría haber impedido a los anarquistas hacer lo que consideraran necesario; pero sus dirigentes ya no creían en su programa.

A pocas horas del inicio del Golpe de Estado, las milicias de la CNT-FAI, junto a la Guardia de Asalto, tomaron las calles de Barcelona; pero como muchos historiadores del movimiento obrero han apuntado, el Poder quedó en las manos de la clase obrera revolucionaria, liderada por la organización confederal. La situación parecía simple, tan solo tenían que coger el Poder para apartar de una vez por todas a la clase burguesa de la dirección política y económica del país, pero el movimiento anarquista tuvo que meditar ante dos posibilidades: establecer una dictadura anarquista, es decir, una dictadura del proletariado, o converger en un gobierno democrático con el resto de fuerzas antifascistas, lo que resultaba caer y sucumbir a la ideología liberal. Desde luego que la decisión –o traición- de esa cúpula de la CNT-FAI, liderada por Joan García Oliver, Federica Montseny y compañía, supuso otra de las muchas causas que contribuyeron a la derrota de la Revolución Social.

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